Sobre violencia obstétrica

Cuando una mujer va a parir, se encuentra en un estado psicológico y emocional vulnerable. En estos momentos de extrema sensibilidad, para que el parto transcurra de forma eficaz y adecuada, la mujer debe sentirse segura para lograr “poner en suspenso” su neocórtex racional y abandonarse, sin trabas, a su instinto de mamífera, es decir, la parturienta necesita unas condiciones especiales de quietud y serenidad para poder dejarse guiar por la información fisiológica grabada desde hace millones de años en su cerebro mamífero primitivo (el límbico). Seguridad, tranquilidad, silencio, luz tenue, protección, acompañamiento amoroso y respetuoso, calor, agua, un poco de comida, no parecen unos requisitos muy complejas para cumplirlos. Al contrario, las necesidades de mamá y bebé para crear el ambiente adecuado para un parto respetuoso son sencillas, fáciles de preparar y muy económicas. La historia natural de nuestra especie, que ha evolucionado durante millones de años sin extinguirse y, para los que lo prefieran, los descubrimientos científicos de los últimos cuarenta años, han demostrado ampliamente que parir es un acto fisiológico natural de la sexualidad femenina. Las mujeres saben parir. Los bebés saben nacer. Por supuesto, el parto puede complicarse y ser difícil incluso en las mejores condiciones: la OMS estima que el porcentaje de cesáreas necesarias está en torno al 10%. Pero, en el resto de los casos, es decir, en la mayoría, no tiene porqué haber complicaciones puesto que, vuelvo a repetir, la mujer sabe parir, los bebés saben nacer.
Sin embargo ¿por qué parir, desde que entró el médico en la habitación de la parturienta y la tumbó, se ha transformado para muchas mujeres en uno de los momentos más dramáticos de su vida cuando debería ser justo lo contrario? Y ¿por qué nacer, la primera gran transición y maduración de nuestra especie, se ha convertido para muchos bebés en una fuente inagotable de dolor, humillaciones y traumas? ¿Por qué a muchas madres se les ha negado la capacidad de parir? Y ¿por qué a muchos bebés se les ha quitado la posibilidad de cruzar, por sí mismos, el umbral uterino entre la vida acuática y la vida terrestre? ¿Por qué muchos de nuestros niños llegan a los brazos de su madre, agotados, oprimidos y con sus instintos madurativos zaheridos? Y ¿por qué sus madres los reciben heridas, humilladas y casi sin fuerzas?
Muchos de vosotros os habréis planteado estas mismas cuestiones, yo lo he hecho durante años. En el camino de mi búsqueda hallé muchas respuestas: demasiada fe en el nuevo paradigma religioso de nuestra sociedad “la ciencia” y en su “profeta” la tecnología; infantilización y cosificación social de la mujer a la que, desde hace milenos, pocas tomas de decisiones le son permitidas, como consecuencia de la anterior, sustracción del último baluarte de la femineidad: el parto; necesidad de crear súbditos agresivos para nutrir los ejércitos por lo que el vínculo con una madre amorosa no era ni deseable, ni factible; necedad, egoísmo, codicia, megalomanía, brutalidad, miedo, y un interminable etcétera de razones.
Sin embargo, todas estas respuestas no me satisficieron. Sí, eran piezas del mismo puzle, pero no resolvían el rompecabezas. Entonces, me planteé otra pregunta ¿cuál era el nexo de unión entre todas estas causas? ¿cuál era la razón primigenia para tanto dolor?
Tras muchas cavilaciones, una frase de Alice Miller me dio la respuesta: “… allá donde haya un hombre (permitidme añadir “o mujer”) que quiera vengarse de la violencia a la que le sometió su madre, la mujer sufrirá su opresión”.
Qué terrible verdad la de percatarse de que la forma de criar a los hijos, no sólo a los nuestros, sino la de los de los demás, determina la salud de la humanidad hasta el punto, de que un obstetra maltratado en su niñez, condicionado por sus terribles vivencias, puede llegar, sin ser consciente de lo que está haciendo y del porqué, a maltratar a las mujeres que acudan a él en momentos de extrema vulnerabilidad, como puede ser un embarazo o un parto. Extrema vulnerabilidad similar a la de la infancia, en la que el desamparo y el miedo a la autoridad agarrotan los sentidos e impiden defenderse a los implicados.
Los malos tratos recibidos en su crianza no sólo condicionan la actuación de algunos facultativos, también supeditan la respuesta ante estos de las afectadas. A muchas niñas desde pequeñas las adiestran para ser buenas y obedientes, primero con sus padres, y después con maestros, profesores, médicos y, a la larga, con toda figura de autoridad ante la que deban presentarse. Además, como sus madres y sus suegras sufrieron las mismas intervenciones en sus partos, piensan que así debe ser, que es lo “normal”, lo mejor para sus bebés y para ellas y no creen que otra forma de parir menos dolorosa, dirigida y tecnológica sea posible. Frases como que la episiotomía es necesaria, tú escucha al médico que es el que sabe, yo me quedé sin leche y tú no vas a tener porque es de familia, la cesárea es más segura y cómoda, cuanto más médicos cerca mejor, el parto es peligroso, y muchas más falsas ideas son el pan de cada día de muchas embarazadas. Las nuevas madres, como veis, siguen siendo hijas obedientes y fieles, incapaces de discutir la información dada por sus propias madres, suegras o profesionales de la salud. Estas niñas heridas, adultas sumisas, que ni ven, ni sienten el injusto comportamiento de sus padres, de sus suegros o de los médicos, tampoco son capaces de enfadarse con ellos y mucho menos, de discutir los procedimientos que tan injustamente han empleado con ellas. De hecho, llega a tal punto la fe en el sistema, que hasta muchas de ellas agradecen a los obstetras el haber salvado la vida de sus hijos (que ellos mismos, previamente habían puesto en peligro por su exceso de celo tecnológico). Que conste que soy consciente, todo el mundo lo es, que algunos partos, un pequeño porcentaje, de verdad son de alto riesgo y que existen unos magníficos facultativos que en esos momentos son imprescindibles para lograr que todo llegue a buen término.
Por otra parte, también esta obediencia ciega, asimilada bajo coacción, puede aplicarse a los mismos profesionales sanitarios en sí, que reproducen prácticas y procedimientos aprendidos de sus maestros sin cuestionarse la idoneidad y la valía de realizar, por ejemplo, episiotomías por rutina, tumbar a la mujer, no dejar comer o beber a la parturienta durante horas, engancharla a un gotero, romperle la bolsa, realizarle un sin fin de tactos, decirle cómo debe pujar, etc. Estos expertos, rara vez son capaces de refutar “la ciencia” que aprendieron en sus estudios. Si se tiene que hacer así, como les enseñó la persona que “sabía y mandaba”, no hay duda alguna, así debe realizarse. En el raciocinio de estos sujetos, apaleado e inflexible por años de adoctrinamiento, no puede penetrar la idea revolucionaria de cuestionarse la idoneidad de los mandatos recibidos.
Como consecuencia de una crianza irrespetuosa, cruel y directiva, una mujer en pleno parto, vulnerable y condicionada por su educación y el miedo, puede llegar a delegar la toma de decisiones sobre su salud y sobre la de su bebé en la figura del obstetra (también de la matrona). De esta forma, le está entregando “el poder” a la “autoridad” de los profesionales sanitarios, se infantiliza y la infantilizan, y además, estos expertos (antiguos niños heridos), movidos inconscientemente por sus terribles vivencias infantiles e incapaces de reconocer sus carencias, reproducen lo que aprendieron de pequeños. Son personas que quedaron atrapadas en el miedo y contribuyen a perpetuarlo, que no ven, ni sienten su comportamiento abusivo y que negarán su propio sufrimiento en su nacimiento, infancia y/o su vida uterina. La violencia, la agresividad, son las únicas formas que conocen para comunicarse con niños o con personas vulnerables e infantilizadas. Sus vivencias, les llevan a tratar a la madre y al bebé con desdén, prepotencia, agresividad, autoritarismo y en casos extremos, violencia y sadismo. Sí, sadismo, pues sólo de esta forma se puede calificar la actuación de algunos obstetras o matronas que cortan los músculos perineales de la mujer hasta el ano. Esta episiotomía extrema es un acto de tortura, una castración, una violación del sexo de la mujer que durante toda su vida, sufrirá grandes dolores y verá muy mermada su vida sexual. Por desgracia, este es un solo ejemplo, existen muchos casos tan dramáticos como el citado de extralimitación en los procedimientos del personal obstétrico.
Por supuesto, no todos los obstetras, ginecólogos o matronas sufrieron malos tratos en su infancia y por ello, porque de pequeños conocieron lo que era el amor, el respeto, el apego o la empatía, existen muchos profesionales, anónimos unos, reconocidos otros, que están ahí, trabajando para apoyar a la mujer en sus decisiones, para facilitarle las mejores condiciones en su parto y para que sus bebés, nazcan de forma óptima y, sobretodo, respetada.
Nosotras las madres, nosotros, los padres, también debemos luchar para devolverles a las madres y a los bebés el papel protagonista en su historia.
Podemos realizar esto afrontándolo desde varios frentes. El primero, tal vez el más importante para nosotras y para nuestros hijos, es el de enfrentarnos a nuestra propia historia de malos tratos para no reproducir en la crianza de nuestros niños los mismos esquemas dañinos y crueles con los que nuestros padres nos educaron. También, por supuesto, para llegada la hora de nuestros partos, no confiarle nuestra salud y la de nuestro bebé a profesionales “ciegos y obedientes” que reproducen inconscientemente y sin cuestionarse nada, prácticas innecesarias o inhumanas, o a profesionales vengativos y reprimidos cuyo trato, carente de empatía, y cruel, inflige a los más “débiles” el dolor que ellos mismos recibieron. Cuanto peores sean los malos tratos no reconocidos, peores serán las intervenciones a las que sometan a las madres y a sus hijos. Si estamos liberadas de nuestros propias heridas infantiles, sabremos reconocer el dolor ajeno y buscaremos profesionales asimismo liberados para que nos acompañen con respeto en nuestros partos.
Otra medida muy importante que podemos tomar para no sufrir intervenciones innecesarias o crueles en nuestros partos, es la de informarnos bien de todo. Informarnos bien de lo que realmente significa un parto, de cómo transcurre fisiológicamente, de cómo conectar con nuestro instinto mamífero. Debemos ir más allá de lo que nos digan periódicos, películas, novelas, revistas y la “insabiduría” popular y buscar información veraz y contrastada sobre el embarazo, el parto, el nacimiento, la vida uterina, la infancia. Tenemos derechos, pero para reivindicarlos, debemos conocerlos. Busquemos, leamos, contactemos con asociaciones, hablemos con otras madres, contrastemos datos, cuestionémonos todo.
Por otra parte, a la hora del parto, es interesante que nos acompañe una persona de confianza, véase doula, pareja o amiga, a la que hayamos hecho partícipe de nuestros deseos y que actúe de portavoz ante el personal sanitario. Más de un padre y más de una doula o amiga han evitado a las mamás procedimientos innecesarios ejerciendo su papel de intermediaria. Conozco a un padre que no le dejó realizar una episiotomía a una ginecóloga que decía que razón médica realmente no existía para realizarla, pero que ya que había acudido al parto, ella algo tenía que hacer.
Evidentemente, no todos hemos sufrido malos tratos en la infancia, pero, creo que todo profesional o futuro profesional de la sanidad: médicos, enfermeras, psicólogos, matronas, etc. debería pasar por un proceso de introspección para liberarse, si la tiene, de la carga de su pasado y evitar perjudicar, inconscientemente, a sus pacientes.
No debemos negar nuestra verdad, debemos asumirla. Por el bien de nuestros hijos, de nuestra sociedad, de nuestra especie, curémonos de la peor enfermedad, la más negada y silenciada, la más devastadora, la que más víctimas produce entre la población mundial: la violencia psicológica y/o física ejercida contra bebés y niños. No reproduzcamos inconscientemente los males recibidos, librémonos de ellos y criemos a nuestros hijos con amor, respeto, empatía y apego.
Para concluir, me gustaría volver a cederle la palabra a Alice Miller, pues ella, pasó toda una vida denunciando el terrible impacto que tiene sobre la salud del ser humano el haber sido víctima de malos tratos:
“En ocasiones, desde el primer minuto de vida sometemos a los niños a torturas terribles, y no sólo a causa de la tecnología presente en los hospitales. Este maltrato permanece almacenado en el cerebro y puede mantenerse activo durante el resto de la vida”.
“La forma en la que la sociedad recibe a un nuevo ser humano cuando llega al mundo influye directamente en el desarrollo de la capacidad de la persona de proporcionar amor u odio”. Alice Miller
Autora: Elena Mayorga

2 comentarios:

MaGia dEL mOmENtO dijo...

me gusto tu post. ;-)
lo que más increible y lastimoso me parece es que toda esta vilencia esté tan instaurada y normalizada que muchas mujeres no la consideren violencia, que no se den cuenta de como ellas y sus bebes son violentados durante el embarazo, parto, postparto... me pone muy triste ;-(
abrazos!

Dara dijo...

Si que es triste Magia, y cuando hablas com mujeres "engañadas" me recorre mucha impotencia por el cuerpo. Poco a poco entiendo que cada mujer tiene su proceso como yo tuve el mío, no en vano necesité llegar a mi tercer hijo para darme cuenta de muchas cosas, ejem, ejem... un poco lenta la niña.