Antes de tu primer latido

Mucho antes de tu primer latido, tu cuerpo ya sabía lo que debía hacer. Cuando apenas eras un diminuto conjunto de células, para vivir, te bastaba con dejarte llevar y dejar que la Naturaleza actuara. Fluir era la clave.

En tu primer gran viaje, fluyendo, llegaste a la cálida cueva que tu madre tenía preparada para ti. En ella, pasaste tus primeros días de vida rodeado de calidez y armonía. En tu nido, podías desarrollarte y crecer sin presión, sintiendo los ritmos de tu cuerpo. No había miedo, sólo confianza.

Déjame que te pregunte ¿cuándo cambió todo? ¿Cuándo dejaste de confiar en ti? ¿Cómo te convertiste en esa persona avejentada de cuerpo rígido y temerosa de todo?

Quizás tu confianza comenzó a quebrarse cuando tu madre supo que estaba embarazada. ¿Cómo reaccionó ante la noticia? ¿Estaba preparada? ¿deseaba tener hijos? ¿pensó en abortar? Puede que tuviera miedo o que deseara una niña, aunque tú ya sabías que eras un niño (o al revés).

Y en aquellos momentos te preguntaste: ¿Qué va a pasar conmigo? ¿Mamá será capaz de quererme y de aceptarme tal y como soy? ¿Y si ella no me cuida?, ¿estará mi vida en peligro? Eras un bebé, aún desconocías las palabras, no sabías que aquel horrible escalofrío que había recorrido tu diminuto cuerpo se llamaba terror. En tu situación, no podías hacer mucho más que amoldarte a lo que tu madre deseara, dependías de ella para todo. Aunque tuvieras que renunciar a una parte de tu esencia más profunda, necesitabas que te quisiese para que estuviera dispuesta a cuidarte. Si te comportabas como mamá quería, ella estaría contenta y tú seguirías creciendo. Así lo hiciste y fueron pasando los días, pero aquel fluir natural del principio se hizo más costoso y el ambiente era más denso.

Por otra parte, puede que tu seguridad se viera mermada cuando te obligaron a nacer de forma violenta (contracciones muy seguida, aparatos terroríficos como fórceps, una cesárea que te arrancó de repente de la calidez del seno materno …) y además, te obligaron a nacer antes de que llegara tu tiempo, aduciendo motivos de comodidad (ya ha llegado a la semana 38, no pasa nada, llegan las vacaciones y me voy de puente, etc.) o de salud (es por el bien de tu hijo, demasiado pequeña, demasiado grande, insuficiencia de líquido amniótico, …). La verdad es que, de haber dejado a la naturaleza seguir su curso, no habría pasado nada y habrías tenido un nacimiento más armonioso. El sentimiento que te quedó de toda aquella traumática experiencia fue el miedo y, además, desde aquel momento te volviste inseguro y pensaste que era mejor dejar que otros decidieran por ti.

¿Dónde estaba tu madre durante todo el parto? ¿por qué no la sentías? ¿por qué os separaron al nacer? ¿dónde estaban su cuerpo, su pecho y su voz, aquello que tanto necesitabas? Ahora entiendes el miedo a las batas blancas y a los médicos. En aquel tiempo que pasaste en soledad aprendiste a replegarte, a economizar tus fuerzas para mantenerte con vida. Algunos dicen que este es el primer momento de sumisión del ser humano, pero tú sabes que la sumisión puede comenzar antes, ya desde el embarazo.

No obstante, a pesar de todo lo sucedido, aún tenías energía y esperanza para seguir adelante, pero poco después, siendo aún un bebé, llegaron las imposiciones, los desprecios, la soledad y, también, los gritos. Te forzaron a comer cuando no tenías más hambre, a dormir cuando no tenías sueño y a callarte cuando querías hablar. Lo sufrido en el embarazo no fue sino el preámbulo de la dura vida que te esperaba fuera. Después de largos años de resistencia, tu alma infantil se quebró, se hundió, y quedó enterrada bajo capas y capas de duros mandatos. Mandatos que, sin embargo, en aquellos momentos te ayudaron a sobrevivir en el ambiente de violencia en el que estabas inmerso.

Ahora, pregúntate si hoy en día, ya en tu vida adulta, te siguen sirviendo aquellos bloqueos y prohibiciones. ¿Cómo te afectan en tu vida? ¿qué te impiden hacer? Y, sobre todo, ¿hasta cuándo quieres seguir así?.

Aquella parte de tu alma que enterraste en tu infancia, aún está allí esperándote. Conecta con ella y recuerda cómo te sentías cuando en tu vida no había nada que te perturbase. Recuerda cómo la Naturaleza y tu instinto guiaban tus pasos y no tenías que hacer nada salvo dejarte fluir. Sólo debes ser tú mismo de nuevo.

Texto: Ramón Soler
Fuente: Mente Libre

La esencia de la doula en nuestra sociedad

La esencia de una doula en nuestra sociedad
(Compensando los miedos)

La doula puede interpretarse como el resultado de una importante carencia. La figura de la doula rellena un gran vacío en los servicios de atención materno-infantil actuales.

Hoy en día, la hipermedicalización y tecnificación de los procesos de embarazo, parto y nacimiento, hace que las mujeres ya durante su embarazo salgan con miedo de las visitas prenatales. Basta con echar un vistazo a los foros de internet. Los controles prenatales se centran en hacer pruebas y análisis, ecografías y test para detectar posibles anomalías. Las visitas al ginecólogo o a la matrona tienen como principal objetivo la búsqueda de patologías y esto genera miedo en las mujeres gestantes. Miedo a que algo vaya mal, miedo al dolor, miedo a los factores de riesgo, miedo a las posibles complicaciones, miedo a lo desconocido...miedo, mucho miedo.

Y porque es de sobra conocido que el miedo genera adrenalina y la adrenalina es la peor enemiga de la oxitocina (esa hormona del amor que dirige el parto), es hora de tender una mano a las mujeres para que recuperen la confianza en sus cuerpos, la seguridad emocional y la paz interior que necesitan durante una etapa tan hermosa y especial en sus vidas. El miedo es malo para el bebé y para la madre y es muy malo para el parto. El miedo genera tensión e inhibición y estos dos factores bloquean y dificultan que el cuerpo responda favorablemente.

Y la cosa no queda ahí; muchas madres siguen sintiendo miedo cuando acuden a los controles pediátricos en los que tienen que responder siempre a unos patrones preestablecidos y rígidos (de peso, talla, alimentación, sueño, desarrollo normal etc.) volvemos a esa visión patológica e intervencionista, ésta vez de la crianza.

La misión de la doula

El trabajo de la doula consiste en brindar acompañamiento no médico a las mujeres y de favorecer la humanización, tanto del embarazo, parto y nacimiento como de la crianza en general. La primera misión de la doula es informar positivamente de la experiencia de la maternidad y del parto a las mujeres embarazadas y a sus familias.

Las doulas tienen por tanto, como función principal ser el contrapeso de esa visión patológica e intervencionista del embarazo, del parto y de la crianza que domina nuestra sociedad. Las doulas con su presencia discreta y clamada, ayudan a devolverles a estos acontecimientos los aspectos emocionales y espirituales que merecen:el embarazo, como un proceso mágico y profundo, la vivencia del parto como un hecho íntimo, amoroso, personal, único y sagrado; la vivencia de la crianza desde un enfoque más natural y entrañable, de apego y empatía a las necesidades reales de nuestros bebés.

La doula debe contribuir también a que se den las condiciones óptimas y necesarias para que el parto sea lo más fácil, corto y seguro posible. Según Liliana Lammers, el parto suele ser más corto de lo que nos imaginamos, si respetamos la fisiología y si no nos empeñamos en alargarlo artificialmente (con corto se podía estar refiriendo a 20-24 horas, no a las tres que le dan a la mujer en el hospital como tope antes de inducir o hacer cesárea).

Esas condiciones óptimas para que el parto fluya sin complicaciones se resumen en: un ambiente de intimidad en el que la mujer se sienta segura pero sin sentirse observada, respeto a sus tiempos, calor, luz ténue, silencio y en definitiva un entorno que mantenga su cerebro racional (responsable de todas las inhibiciones) en un discreto segundo plano y en reposo. Es necesario dejar actuar al cerebro primitivo, aquel de los instintos y las desinhibiciones y el responsable directo de las funciones sexuales-reproductivas en los humanos, entre ellas, por supuesto, el parto.

Está claro que un ambiente hospitalario con un rígido e invasivo protocolo, no garantiza estas condiciones en absoluto, es más, aumenta la sensación de miedo, indefensión y soledad de las mujeres. Por eso no ha de extrañarnos la alta tasa de partos medicalizados, instumentalizados, cesáreas, separaciones innecesarias de mamá y bebé, fracasos en la lactancia, experiencias de parto traumáticas, depresiones posparto etc tan comunes en esta sociedad de la atención al parto industrializada y masificada. La obstetricia convencional parece ignorar el parto como acontecimiento con una fuerte implicación emocional y como opina Isabel F. del Castillo, "dirige más energía a resolver los problemas que ella misma genera que a facilitar los nacimientos".

La doula es una protectora de las necesidades reales de la madre y el bebé durante el parto y el nacimiento. Necesidades que se resumen en el respeto a la fisiología. Necesidades que siguen siendo ignoradas y pasadas por alto en la mayor parte de los ambientes de atención al parto convencionales. Hay que saber mucho para saber que no hay que hacer casi nada y que se pueden prescindir de todas las intervenciones y agresiones innecesarias que tan sólo entorpecen y dificultan el proceso de parto, nacimiento y primer contacto vital entre mama y bebé.

Un día estaba describiéndole a un buen amigo la figura de la doula y este amigo me dijo algo así como: "ah, como una psicologa de parto!" Sí, una parte de la doula es esa, en cuanto a que contribuye a proteger la integridad psicológica de las madres en momentos de enorme vulnerablidad. Pero su labor no queda ahí. También es una especie de abogada defensora de la madre y del bebé y de intermediaria entre éstos y los sistemas de salud, con el fin de defender sus necesidades básicas y lograr un parto y nacimiento seguros y satisfactorios para ambos.

Una doula es por tanto un poco de todo esto: psicóloga de parto, abogada de mamás y bebés, compañera, guía, amiga, soporte emocional y afectivo, presencia tranquilizadora, figura maternal...o una simple mano y una voz que susurra que TODO ESTÁ BIEN y le recuerda a la futura mamá que pronto será cómplice del MILAGRO DE LA VIDA...No es esa una razón suficiente para despojarse de todos los miedos y sentirse la persona más feliz del planeta?

Como insiste Michel Odent, es del interés de todos, cuidar y proteger el estado emocional de las mujeres embarazas, puesto que en ellas se están gestando las generaciones futuras y de su bienestar y su equilibrio emocional depende la salud física y emocional de esas criaturas por nacer.

Las vias de actuación de la doula

Una doula tiene, por tanto, dos vías de actuación: una, la directa, apoyando a la futura madre de tú a tú, proporcionándole la seguridad de que todo va a ir bien, acompañándola y reafirmándola en sus deseos, ayudándola en el manejo del dolor, recordándole la magia del proceso y el milagro del nacimiento, apoyándola en la lactancia y la crianza... pero también actúa de manera indirecta (si entendemos su existencia como resultado de una carencia de los sistemas socio-sanitarios) contribuyendo al cambio social e incitando a la reflexión para la mejora de los servicios de atención materno-infantil en nuestra sociedad.

Supliendo el papel de la "verdadera comadrona"

Enlazando con el punto anterior, dice también Michel Odent que "la figura de la doula nace para suplir el papel de la verdadera comadrona". La verdadera comadrona es aquella que nació para estar acompañando a las futuras madres, brindándoles ese apoyo contínuo y esa seguridad de la que lamentablemente carecen en un sistema obstétrico paternalista, dominado por obstetras (hombres en su mayoría) y en el que la comadrona es un simple miembro más del equipo médico, cuando no una ayudante, subordinada a las órdenes y al estilo de actuación (conservador) del jefe, el médico obstetra. Es curioso que en húngaro a las comadronas se les llama védönö, que quiere decir mujer defensora/protectora. Me pregunto a quién defienden muchas comadronas en la actualidad?

Ante un panorama tan poco alentador, es hora de recuperar la magia del parto y del nacimiento y de hacer eco de la importancia de las doulas como una ayuda inestimable en los procesos inherentes a la maternidad. Es de vital importancia, promover la figura de la doula, como defensora y protectora de la diada mamá-bebé, sobre la que se sustentan nuestras sociedades futuras.

Conclusión

Por último y para concluir al estilo Michel Odent, alzo una pregunta un tanto provocadora para seguir reflexionando sobre si en un sistema sanitario tan rígido e intervencionista como el nuestro, movido por intereses económicos y personales ajenos al bienestar materno-infantil y en un sistema social plagado de prejuicios, en el que la maternidad es vivida casi como un estorbo, en cuanto a que incompatible con el duro mercado laboral dominante: es acaso la labor de las doulas políticamente correcta???

De Proyecto doula