Otra prueba del segundo trimestre, la eco de alta resolución
Sin perder de vista que en algunos ámbitos se cuestiona la inocuidad de las ecografías, aquí os dejo esta, recordándoos que todo es absolutamente voluntario.
La eco de alta resolución es una prueba con la que se consigue una imagen que ofrece mayor nitidez que la que ofrecen las ecografías normales; además, con el zoom, el ecógrafo puede aproximarse a un detalle concreto. Las ecografías realizadas en tres dimensiones permiten afinar aún más el diagnóstico. Junto con el cribado bioquímico, conforma el screening malformativo fetal.
¿Qué detecta?
La primera ecografía se realiza entre las semanas 11 y 14 del embarazo para descartar malformaciones mayores y graves, y detecta el pliegue nucal (signo de riesgo de síndrome de Down). La segunda se realiza en la semana 20 y permite el diagnóstico de las malformaciones visibles por ecografía.
¿A quién se la hacen?
A todas las mamás gestantes. Esta prueba tiene carácter rutinario.
¿Cuándo se realiza?
La primera se realiza entre las semanas 11 y 14 de embarazo, aunque no es obligatoria. La de la semana 20 si es rutinaria para todas las embarazadas, aunque la gestación no esté considerada de riesgo.
La eco de alta resolución es una prueba con la que se consigue una imagen que ofrece mayor nitidez que la que ofrecen las ecografías normales; además, con el zoom, el ecógrafo puede aproximarse a un detalle concreto. Las ecografías realizadas en tres dimensiones permiten afinar aún más el diagnóstico. Junto con el cribado bioquímico, conforma el screening malformativo fetal.
¿Qué detecta?
La primera ecografía se realiza entre las semanas 11 y 14 del embarazo para descartar malformaciones mayores y graves, y detecta el pliegue nucal (signo de riesgo de síndrome de Down). La segunda se realiza en la semana 20 y permite el diagnóstico de las malformaciones visibles por ecografía.
¿A quién se la hacen?
A todas las mamás gestantes. Esta prueba tiene carácter rutinario.
¿Cuándo se realiza?
La primera se realiza entre las semanas 11 y 14 de embarazo, aunque no es obligatoria. La de la semana 20 si es rutinaria para todas las embarazadas, aunque la gestación no esté considerada de riesgo.
El segundo trimestre, triple screening
Porque siempre he pensado que la información y el conocimiento nos dan poder, en este caso poder para decidir si queremos o no realizarnos ciertas pruebas, vamos a ir viendo algunas pruebas que en el protocolo médico de embarazo te puedes encontrar si estás en el segundo trimestre:
El Triple Screening es un análisis de sangre que determina las posibilidades de que el bebé sufra algún tipo de alteración en los cromosomas.
Es una prueba no invasiva que se realiza mediante un análisis de sangre a la madre. Se trata de una prueba de ‘cribado’, es decir no diagnostica todas las alteraciones fetales, sino que alerta de que hay mayor riesgo de padecer algunas. Se combina con la ecografía del pliegue nucal.
¿Qué detecta?
Se utiliza para detectar el riesgo de que el bebé tenga el síndrome de Down o malformaciones del tubo neural, comprobando las cantidades en sangre de diferentes proteínas y hormonas.
¿A quién se la hacen?
En la actualidad se recomienda de forma sistemática a todas las embarazadas.
¿Cuándo se hace?
Existen dos épocas concretas para realizarla: durante el primer trimestre de gestación se realiza entre la semana 9 y 11, y en el segundo trimestre se practica entre la semana 14 y la 16 de embarazo.
El Triple Screening es un análisis de sangre que determina las posibilidades de que el bebé sufra algún tipo de alteración en los cromosomas.
Es una prueba no invasiva que se realiza mediante un análisis de sangre a la madre. Se trata de una prueba de ‘cribado’, es decir no diagnostica todas las alteraciones fetales, sino que alerta de que hay mayor riesgo de padecer algunas. Se combina con la ecografía del pliegue nucal.
¿Qué detecta?
Se utiliza para detectar el riesgo de que el bebé tenga el síndrome de Down o malformaciones del tubo neural, comprobando las cantidades en sangre de diferentes proteínas y hormonas.
¿A quién se la hacen?
En la actualidad se recomienda de forma sistemática a todas las embarazadas.
¿Cuándo se hace?
Existen dos épocas concretas para realizarla: durante el primer trimestre de gestación se realiza entre la semana 9 y 11, y en el segundo trimestre se practica entre la semana 14 y la 16 de embarazo.
El cordón umbilical, garantía de hierro
Hay un arma poderosa y casi secreta que puede prevenir los riesgos de una mala alimentación en el momento en que nace un chico: el ombligo. La doctora María del Carmen Morasso, de UNICEF, reveló a este Equipo de Investigación que ese fondo de Naciones Unidas recomienda que los médicos no corten inmediatamente el cordón umbilical de un recién nacido. "La idea es que esperen unos dos minutos. Durante ese lapso sigue pasando sangre de la mamá al bebé. Y esa sangre que pasa en ese tiempo tan cortito tiene mayor cantidad de hierro que la que hay en seis meses de lactancia materna. Esos dos minutos unido a su madre le garantiza al bebé un tanque lleno hasta los seis meses de vida, cuando empieza a comer otros alimentos. Los estudios de UNICEF hechos con universidades internacionales revelaron que a los seis meses de vida un cuarenta por ciento de los chicos ya estaban anémicos. ¿Qué pasaba? ¿Un error de la Naturaleza? No. Averiguamos que el cordón se había cortado en esos casos en forma inmediata. En la Argentina, el cordón umbilical se corta a los veinte segundos con lo que casi no pasa hierro de la madre al chico."
Extraído de http://www.clarin.com/
Extraído de http://www.clarin.com/
Sobre violencia obstétrica
Cuando una mujer va a parir, se encuentra en un estado psicológico y emocional vulnerable. En estos momentos de extrema sensibilidad, para que el parto transcurra de forma eficaz y adecuada, la mujer debe sentirse segura para lograr “poner en suspenso” su neocórtex racional y abandonarse, sin trabas, a su instinto de mamífera, es decir, la parturienta necesita unas condiciones especiales de quietud y serenidad para poder dejarse guiar por la información fisiológica grabada desde hace millones de años en su cerebro mamífero primitivo (el límbico). Seguridad, tranquilidad, silencio, luz tenue, protección, acompañamiento amoroso y respetuoso, calor, agua, un poco de comida, no parecen unos requisitos muy complejas para cumplirlos. Al contrario, las necesidades de mamá y bebé para crear el ambiente adecuado para un parto respetuoso son sencillas, fáciles de preparar y muy económicas. La historia natural de nuestra especie, que ha evolucionado durante millones de años sin extinguirse y, para los que lo prefieran, los descubrimientos científicos de los últimos cuarenta años, han demostrado ampliamente que parir es un acto fisiológico natural de la sexualidad femenina. Las mujeres saben parir. Los bebés saben nacer. Por supuesto, el parto puede complicarse y ser difícil incluso en las mejores condiciones: la OMS estima que el porcentaje de cesáreas necesarias está en torno al 10%. Pero, en el resto de los casos, es decir, en la mayoría, no tiene porqué haber complicaciones puesto que, vuelvo a repetir, la mujer sabe parir, los bebés saben nacer.
Sin embargo ¿por qué parir, desde que entró el médico en la habitación de la parturienta y la tumbó, se ha transformado para muchas mujeres en uno de los momentos más dramáticos de su vida cuando debería ser justo lo contrario? Y ¿por qué nacer, la primera gran transición y maduración de nuestra especie, se ha convertido para muchos bebés en una fuente inagotable de dolor, humillaciones y traumas? ¿Por qué a muchas madres se les ha negado la capacidad de parir? Y ¿por qué a muchos bebés se les ha quitado la posibilidad de cruzar, por sí mismos, el umbral uterino entre la vida acuática y la vida terrestre? ¿Por qué muchos de nuestros niños llegan a los brazos de su madre, agotados, oprimidos y con sus instintos madurativos zaheridos? Y ¿por qué sus madres los reciben heridas, humilladas y casi sin fuerzas?
Muchos de vosotros os habréis planteado estas mismas cuestiones, yo lo he hecho durante años. En el camino de mi búsqueda hallé muchas respuestas: demasiada fe en el nuevo paradigma religioso de nuestra sociedad “la ciencia” y en su “profeta” la tecnología; infantilización y cosificación social de la mujer a la que, desde hace milenos, pocas tomas de decisiones le son permitidas, como consecuencia de la anterior, sustracción del último baluarte de la femineidad: el parto; necesidad de crear súbditos agresivos para nutrir los ejércitos por lo que el vínculo con una madre amorosa no era ni deseable, ni factible; necedad, egoísmo, codicia, megalomanía, brutalidad, miedo, y un interminable etcétera de razones.
Sin embargo, todas estas respuestas no me satisficieron. Sí, eran piezas del mismo puzle, pero no resolvían el rompecabezas. Entonces, me planteé otra pregunta ¿cuál era el nexo de unión entre todas estas causas? ¿cuál era la razón primigenia para tanto dolor?
Tras muchas cavilaciones, una frase de Alice Miller me dio la respuesta: “… allá donde haya un hombre (permitidme añadir “o mujer”) que quiera vengarse de la violencia a la que le sometió su madre, la mujer sufrirá su opresión”.
Qué terrible verdad la de percatarse de que la forma de criar a los hijos, no sólo a los nuestros, sino la de los de los demás, determina la salud de la humanidad hasta el punto, de que un obstetra maltratado en su niñez, condicionado por sus terribles vivencias, puede llegar, sin ser consciente de lo que está haciendo y del porqué, a maltratar a las mujeres que acudan a él en momentos de extrema vulnerabilidad, como puede ser un embarazo o un parto. Extrema vulnerabilidad similar a la de la infancia, en la que el desamparo y el miedo a la autoridad agarrotan los sentidos e impiden defenderse a los implicados.
Los malos tratos recibidos en su crianza no sólo condicionan la actuación de algunos facultativos, también supeditan la respuesta ante estos de las afectadas. A muchas niñas desde pequeñas las adiestran para ser buenas y obedientes, primero con sus padres, y después con maestros, profesores, médicos y, a la larga, con toda figura de autoridad ante la que deban presentarse. Además, como sus madres y sus suegras sufrieron las mismas intervenciones en sus partos, piensan que así debe ser, que es lo “normal”, lo mejor para sus bebés y para ellas y no creen que otra forma de parir menos dolorosa, dirigida y tecnológica sea posible. Frases como que la episiotomía es necesaria, tú escucha al médico que es el que sabe, yo me quedé sin leche y tú no vas a tener porque es de familia, la cesárea es más segura y cómoda, cuanto más médicos cerca mejor, el parto es peligroso, y muchas más falsas ideas son el pan de cada día de muchas embarazadas. Las nuevas madres, como veis, siguen siendo hijas obedientes y fieles, incapaces de discutir la información dada por sus propias madres, suegras o profesionales de la salud. Estas niñas heridas, adultas sumisas, que ni ven, ni sienten el injusto comportamiento de sus padres, de sus suegros o de los médicos, tampoco son capaces de enfadarse con ellos y mucho menos, de discutir los procedimientos que tan injustamente han empleado con ellas. De hecho, llega a tal punto la fe en el sistema, que hasta muchas de ellas agradecen a los obstetras el haber salvado la vida de sus hijos (que ellos mismos, previamente habían puesto en peligro por su exceso de celo tecnológico). Que conste que soy consciente, todo el mundo lo es, que algunos partos, un pequeño porcentaje, de verdad son de alto riesgo y que existen unos magníficos facultativos que en esos momentos son imprescindibles para lograr que todo llegue a buen término.
Por otra parte, también esta obediencia ciega, asimilada bajo coacción, puede aplicarse a los mismos profesionales sanitarios en sí, que reproducen prácticas y procedimientos aprendidos de sus maestros sin cuestionarse la idoneidad y la valía de realizar, por ejemplo, episiotomías por rutina, tumbar a la mujer, no dejar comer o beber a la parturienta durante horas, engancharla a un gotero, romperle la bolsa, realizarle un sin fin de tactos, decirle cómo debe pujar, etc. Estos expertos, rara vez son capaces de refutar “la ciencia” que aprendieron en sus estudios. Si se tiene que hacer así, como les enseñó la persona que “sabía y mandaba”, no hay duda alguna, así debe realizarse. En el raciocinio de estos sujetos, apaleado e inflexible por años de adoctrinamiento, no puede penetrar la idea revolucionaria de cuestionarse la idoneidad de los mandatos recibidos.
Como consecuencia de una crianza irrespetuosa, cruel y directiva, una mujer en pleno parto, vulnerable y condicionada por su educación y el miedo, puede llegar a delegar la toma de decisiones sobre su salud y sobre la de su bebé en la figura del obstetra (también de la matrona). De esta forma, le está entregando “el poder” a la “autoridad” de los profesionales sanitarios, se infantiliza y la infantilizan, y además, estos expertos (antiguos niños heridos), movidos inconscientemente por sus terribles vivencias infantiles e incapaces de reconocer sus carencias, reproducen lo que aprendieron de pequeños. Son personas que quedaron atrapadas en el miedo y contribuyen a perpetuarlo, que no ven, ni sienten su comportamiento abusivo y que negarán su propio sufrimiento en su nacimiento, infancia y/o su vida uterina. La violencia, la agresividad, son las únicas formas que conocen para comunicarse con niños o con personas vulnerables e infantilizadas. Sus vivencias, les llevan a tratar a la madre y al bebé con desdén, prepotencia, agresividad, autoritarismo y en casos extremos, violencia y sadismo. Sí, sadismo, pues sólo de esta forma se puede calificar la actuación de algunos obstetras o matronas que cortan los músculos perineales de la mujer hasta el ano. Esta episiotomía extrema es un acto de tortura, una castración, una violación del sexo de la mujer que durante toda su vida, sufrirá grandes dolores y verá muy mermada su vida sexual. Por desgracia, este es un solo ejemplo, existen muchos casos tan dramáticos como el citado de extralimitación en los procedimientos del personal obstétrico.
Por supuesto, no todos los obstetras, ginecólogos o matronas sufrieron malos tratos en su infancia y por ello, porque de pequeños conocieron lo que era el amor, el respeto, el apego o la empatía, existen muchos profesionales, anónimos unos, reconocidos otros, que están ahí, trabajando para apoyar a la mujer en sus decisiones, para facilitarle las mejores condiciones en su parto y para que sus bebés, nazcan de forma óptima y, sobretodo, respetada.
Nosotras las madres, nosotros, los padres, también debemos luchar para devolverles a las madres y a los bebés el papel protagonista en su historia.
Podemos realizar esto afrontándolo desde varios frentes. El primero, tal vez el más importante para nosotras y para nuestros hijos, es el de enfrentarnos a nuestra propia historia de malos tratos para no reproducir en la crianza de nuestros niños los mismos esquemas dañinos y crueles con los que nuestros padres nos educaron. También, por supuesto, para llegada la hora de nuestros partos, no confiarle nuestra salud y la de nuestro bebé a profesionales “ciegos y obedientes” que reproducen inconscientemente y sin cuestionarse nada, prácticas innecesarias o inhumanas, o a profesionales vengativos y reprimidos cuyo trato, carente de empatía, y cruel, inflige a los más “débiles” el dolor que ellos mismos recibieron. Cuanto peores sean los malos tratos no reconocidos, peores serán las intervenciones a las que sometan a las madres y a sus hijos. Si estamos liberadas de nuestros propias heridas infantiles, sabremos reconocer el dolor ajeno y buscaremos profesionales asimismo liberados para que nos acompañen con respeto en nuestros partos.
Otra medida muy importante que podemos tomar para no sufrir intervenciones innecesarias o crueles en nuestros partos, es la de informarnos bien de todo. Informarnos bien de lo que realmente significa un parto, de cómo transcurre fisiológicamente, de cómo conectar con nuestro instinto mamífero. Debemos ir más allá de lo que nos digan periódicos, películas, novelas, revistas y la “insabiduría” popular y buscar información veraz y contrastada sobre el embarazo, el parto, el nacimiento, la vida uterina, la infancia. Tenemos derechos, pero para reivindicarlos, debemos conocerlos. Busquemos, leamos, contactemos con asociaciones, hablemos con otras madres, contrastemos datos, cuestionémonos todo.
Por otra parte, a la hora del parto, es interesante que nos acompañe una persona de confianza, véase doula, pareja o amiga, a la que hayamos hecho partícipe de nuestros deseos y que actúe de portavoz ante el personal sanitario. Más de un padre y más de una doula o amiga han evitado a las mamás procedimientos innecesarios ejerciendo su papel de intermediaria. Conozco a un padre que no le dejó realizar una episiotomía a una ginecóloga que decía que razón médica realmente no existía para realizarla, pero que ya que había acudido al parto, ella algo tenía que hacer.
Evidentemente, no todos hemos sufrido malos tratos en la infancia, pero, creo que todo profesional o futuro profesional de la sanidad: médicos, enfermeras, psicólogos, matronas, etc. debería pasar por un proceso de introspección para liberarse, si la tiene, de la carga de su pasado y evitar perjudicar, inconscientemente, a sus pacientes.
No debemos negar nuestra verdad, debemos asumirla. Por el bien de nuestros hijos, de nuestra sociedad, de nuestra especie, curémonos de la peor enfermedad, la más negada y silenciada, la más devastadora, la que más víctimas produce entre la población mundial: la violencia psicológica y/o física ejercida contra bebés y niños. No reproduzcamos inconscientemente los males recibidos, librémonos de ellos y criemos a nuestros hijos con amor, respeto, empatía y apego.
Para concluir, me gustaría volver a cederle la palabra a Alice Miller, pues ella, pasó toda una vida denunciando el terrible impacto que tiene sobre la salud del ser humano el haber sido víctima de malos tratos:
“En ocasiones, desde el primer minuto de vida sometemos a los niños a torturas terribles, y no sólo a causa de la tecnología presente en los hospitales. Este maltrato permanece almacenado en el cerebro y puede mantenerse activo durante el resto de la vida”.
“La forma en la que la sociedad recibe a un nuevo ser humano cuando llega al mundo influye directamente en el desarrollo de la capacidad de la persona de proporcionar amor u odio”. Alice Miller
Autora: Elena Mayorga
Sin embargo ¿por qué parir, desde que entró el médico en la habitación de la parturienta y la tumbó, se ha transformado para muchas mujeres en uno de los momentos más dramáticos de su vida cuando debería ser justo lo contrario? Y ¿por qué nacer, la primera gran transición y maduración de nuestra especie, se ha convertido para muchos bebés en una fuente inagotable de dolor, humillaciones y traumas? ¿Por qué a muchas madres se les ha negado la capacidad de parir? Y ¿por qué a muchos bebés se les ha quitado la posibilidad de cruzar, por sí mismos, el umbral uterino entre la vida acuática y la vida terrestre? ¿Por qué muchos de nuestros niños llegan a los brazos de su madre, agotados, oprimidos y con sus instintos madurativos zaheridos? Y ¿por qué sus madres los reciben heridas, humilladas y casi sin fuerzas?
Muchos de vosotros os habréis planteado estas mismas cuestiones, yo lo he hecho durante años. En el camino de mi búsqueda hallé muchas respuestas: demasiada fe en el nuevo paradigma religioso de nuestra sociedad “la ciencia” y en su “profeta” la tecnología; infantilización y cosificación social de la mujer a la que, desde hace milenos, pocas tomas de decisiones le son permitidas, como consecuencia de la anterior, sustracción del último baluarte de la femineidad: el parto; necesidad de crear súbditos agresivos para nutrir los ejércitos por lo que el vínculo con una madre amorosa no era ni deseable, ni factible; necedad, egoísmo, codicia, megalomanía, brutalidad, miedo, y un interminable etcétera de razones.
Sin embargo, todas estas respuestas no me satisficieron. Sí, eran piezas del mismo puzle, pero no resolvían el rompecabezas. Entonces, me planteé otra pregunta ¿cuál era el nexo de unión entre todas estas causas? ¿cuál era la razón primigenia para tanto dolor?
Tras muchas cavilaciones, una frase de Alice Miller me dio la respuesta: “… allá donde haya un hombre (permitidme añadir “o mujer”) que quiera vengarse de la violencia a la que le sometió su madre, la mujer sufrirá su opresión”.
Qué terrible verdad la de percatarse de que la forma de criar a los hijos, no sólo a los nuestros, sino la de los de los demás, determina la salud de la humanidad hasta el punto, de que un obstetra maltratado en su niñez, condicionado por sus terribles vivencias, puede llegar, sin ser consciente de lo que está haciendo y del porqué, a maltratar a las mujeres que acudan a él en momentos de extrema vulnerabilidad, como puede ser un embarazo o un parto. Extrema vulnerabilidad similar a la de la infancia, en la que el desamparo y el miedo a la autoridad agarrotan los sentidos e impiden defenderse a los implicados.
Los malos tratos recibidos en su crianza no sólo condicionan la actuación de algunos facultativos, también supeditan la respuesta ante estos de las afectadas. A muchas niñas desde pequeñas las adiestran para ser buenas y obedientes, primero con sus padres, y después con maestros, profesores, médicos y, a la larga, con toda figura de autoridad ante la que deban presentarse. Además, como sus madres y sus suegras sufrieron las mismas intervenciones en sus partos, piensan que así debe ser, que es lo “normal”, lo mejor para sus bebés y para ellas y no creen que otra forma de parir menos dolorosa, dirigida y tecnológica sea posible. Frases como que la episiotomía es necesaria, tú escucha al médico que es el que sabe, yo me quedé sin leche y tú no vas a tener porque es de familia, la cesárea es más segura y cómoda, cuanto más médicos cerca mejor, el parto es peligroso, y muchas más falsas ideas son el pan de cada día de muchas embarazadas. Las nuevas madres, como veis, siguen siendo hijas obedientes y fieles, incapaces de discutir la información dada por sus propias madres, suegras o profesionales de la salud. Estas niñas heridas, adultas sumisas, que ni ven, ni sienten el injusto comportamiento de sus padres, de sus suegros o de los médicos, tampoco son capaces de enfadarse con ellos y mucho menos, de discutir los procedimientos que tan injustamente han empleado con ellas. De hecho, llega a tal punto la fe en el sistema, que hasta muchas de ellas agradecen a los obstetras el haber salvado la vida de sus hijos (que ellos mismos, previamente habían puesto en peligro por su exceso de celo tecnológico). Que conste que soy consciente, todo el mundo lo es, que algunos partos, un pequeño porcentaje, de verdad son de alto riesgo y que existen unos magníficos facultativos que en esos momentos son imprescindibles para lograr que todo llegue a buen término.
Por otra parte, también esta obediencia ciega, asimilada bajo coacción, puede aplicarse a los mismos profesionales sanitarios en sí, que reproducen prácticas y procedimientos aprendidos de sus maestros sin cuestionarse la idoneidad y la valía de realizar, por ejemplo, episiotomías por rutina, tumbar a la mujer, no dejar comer o beber a la parturienta durante horas, engancharla a un gotero, romperle la bolsa, realizarle un sin fin de tactos, decirle cómo debe pujar, etc. Estos expertos, rara vez son capaces de refutar “la ciencia” que aprendieron en sus estudios. Si se tiene que hacer así, como les enseñó la persona que “sabía y mandaba”, no hay duda alguna, así debe realizarse. En el raciocinio de estos sujetos, apaleado e inflexible por años de adoctrinamiento, no puede penetrar la idea revolucionaria de cuestionarse la idoneidad de los mandatos recibidos.
Como consecuencia de una crianza irrespetuosa, cruel y directiva, una mujer en pleno parto, vulnerable y condicionada por su educación y el miedo, puede llegar a delegar la toma de decisiones sobre su salud y sobre la de su bebé en la figura del obstetra (también de la matrona). De esta forma, le está entregando “el poder” a la “autoridad” de los profesionales sanitarios, se infantiliza y la infantilizan, y además, estos expertos (antiguos niños heridos), movidos inconscientemente por sus terribles vivencias infantiles e incapaces de reconocer sus carencias, reproducen lo que aprendieron de pequeños. Son personas que quedaron atrapadas en el miedo y contribuyen a perpetuarlo, que no ven, ni sienten su comportamiento abusivo y que negarán su propio sufrimiento en su nacimiento, infancia y/o su vida uterina. La violencia, la agresividad, son las únicas formas que conocen para comunicarse con niños o con personas vulnerables e infantilizadas. Sus vivencias, les llevan a tratar a la madre y al bebé con desdén, prepotencia, agresividad, autoritarismo y en casos extremos, violencia y sadismo. Sí, sadismo, pues sólo de esta forma se puede calificar la actuación de algunos obstetras o matronas que cortan los músculos perineales de la mujer hasta el ano. Esta episiotomía extrema es un acto de tortura, una castración, una violación del sexo de la mujer que durante toda su vida, sufrirá grandes dolores y verá muy mermada su vida sexual. Por desgracia, este es un solo ejemplo, existen muchos casos tan dramáticos como el citado de extralimitación en los procedimientos del personal obstétrico.
Por supuesto, no todos los obstetras, ginecólogos o matronas sufrieron malos tratos en su infancia y por ello, porque de pequeños conocieron lo que era el amor, el respeto, el apego o la empatía, existen muchos profesionales, anónimos unos, reconocidos otros, que están ahí, trabajando para apoyar a la mujer en sus decisiones, para facilitarle las mejores condiciones en su parto y para que sus bebés, nazcan de forma óptima y, sobretodo, respetada.
Nosotras las madres, nosotros, los padres, también debemos luchar para devolverles a las madres y a los bebés el papel protagonista en su historia.
Podemos realizar esto afrontándolo desde varios frentes. El primero, tal vez el más importante para nosotras y para nuestros hijos, es el de enfrentarnos a nuestra propia historia de malos tratos para no reproducir en la crianza de nuestros niños los mismos esquemas dañinos y crueles con los que nuestros padres nos educaron. También, por supuesto, para llegada la hora de nuestros partos, no confiarle nuestra salud y la de nuestro bebé a profesionales “ciegos y obedientes” que reproducen inconscientemente y sin cuestionarse nada, prácticas innecesarias o inhumanas, o a profesionales vengativos y reprimidos cuyo trato, carente de empatía, y cruel, inflige a los más “débiles” el dolor que ellos mismos recibieron. Cuanto peores sean los malos tratos no reconocidos, peores serán las intervenciones a las que sometan a las madres y a sus hijos. Si estamos liberadas de nuestros propias heridas infantiles, sabremos reconocer el dolor ajeno y buscaremos profesionales asimismo liberados para que nos acompañen con respeto en nuestros partos.
Otra medida muy importante que podemos tomar para no sufrir intervenciones innecesarias o crueles en nuestros partos, es la de informarnos bien de todo. Informarnos bien de lo que realmente significa un parto, de cómo transcurre fisiológicamente, de cómo conectar con nuestro instinto mamífero. Debemos ir más allá de lo que nos digan periódicos, películas, novelas, revistas y la “insabiduría” popular y buscar información veraz y contrastada sobre el embarazo, el parto, el nacimiento, la vida uterina, la infancia. Tenemos derechos, pero para reivindicarlos, debemos conocerlos. Busquemos, leamos, contactemos con asociaciones, hablemos con otras madres, contrastemos datos, cuestionémonos todo.
Por otra parte, a la hora del parto, es interesante que nos acompañe una persona de confianza, véase doula, pareja o amiga, a la que hayamos hecho partícipe de nuestros deseos y que actúe de portavoz ante el personal sanitario. Más de un padre y más de una doula o amiga han evitado a las mamás procedimientos innecesarios ejerciendo su papel de intermediaria. Conozco a un padre que no le dejó realizar una episiotomía a una ginecóloga que decía que razón médica realmente no existía para realizarla, pero que ya que había acudido al parto, ella algo tenía que hacer.
Evidentemente, no todos hemos sufrido malos tratos en la infancia, pero, creo que todo profesional o futuro profesional de la sanidad: médicos, enfermeras, psicólogos, matronas, etc. debería pasar por un proceso de introspección para liberarse, si la tiene, de la carga de su pasado y evitar perjudicar, inconscientemente, a sus pacientes.
No debemos negar nuestra verdad, debemos asumirla. Por el bien de nuestros hijos, de nuestra sociedad, de nuestra especie, curémonos de la peor enfermedad, la más negada y silenciada, la más devastadora, la que más víctimas produce entre la población mundial: la violencia psicológica y/o física ejercida contra bebés y niños. No reproduzcamos inconscientemente los males recibidos, librémonos de ellos y criemos a nuestros hijos con amor, respeto, empatía y apego.
Para concluir, me gustaría volver a cederle la palabra a Alice Miller, pues ella, pasó toda una vida denunciando el terrible impacto que tiene sobre la salud del ser humano el haber sido víctima de malos tratos:
“En ocasiones, desde el primer minuto de vida sometemos a los niños a torturas terribles, y no sólo a causa de la tecnología presente en los hospitales. Este maltrato permanece almacenado en el cerebro y puede mantenerse activo durante el resto de la vida”.
“La forma en la que la sociedad recibe a un nuevo ser humano cuando llega al mundo influye directamente en el desarrollo de la capacidad de la persona de proporcionar amor u odio”. Alice Miller
Autora: Elena Mayorga
¿De quién es la responsabilidad?
(de la web http://www.tucomadre.es/)
Me sorprende sobremanera desde hace ya algunos años, la confusión que genera este término a la hora de definir quién es el responsable de un parto ya que, tanto desde el punto de vista de profesionales de la maternidad como de las propias mujeres, hay una gran confusión sobre el tema. Según el diccionario de Manuel Seco, responsable es aquella persona que asume una responsabilidad siendo ésta la obligación legal de aceptar las consecuencias de una acción propia o ajena.
Lo que sucede en nuestro cuerpo es responsabilidad de cada individuo ya que seremos nosotros los que aceptaremos las consecuencias de sus cambios, modificaciones, operaciones…
Todas las operaciones quirúrgicas que se realicen en nuestro cuerpo son optativas y nosotros debemos decidir si queremos pasar por ellas o no. Sólo en el caso de que estemos inconscientes y sea necesaria una operación para salvar nuestra vida, los profesionales de la salud decidirán por nosotros si no hay un familiar cerca, dando por hecho que si estuviésemos conscientes consentiríamos someternos al proceso.
Una persona es responsable de lo que sucede en su cuerpo: Es responsable de cuidarlo, limpiarlo, modificarlo, acicalarlo, operarlo… Si yo decido hacerme un tatuaje, soy responsable de ello aunque el tatuaje me lo realice otra persona. Cabe la posibilidad de que si no le he explicado bien al tatuador lo que quiero, termine con un tatuaje que no era lo que yo quería exactamente ya sea por el color, la orientación, el tamaño, la habilidad del profesional… Como responsable de mi cuerpo, seré yo quien sufra las consecuencias.
Si algo sucede en mi cuerpo, optaré por buscar ayuda o no, buscar alternativas o segundas opiniones si así lo considero oportuno, o buscar distintas terapias que puedan solucionar lo que me sucede.
En un parto, sucede exactamente lo mismo. Yo decido si quiero o no quiero ayuda profesional, si quiero parir en un hospital, en mi casa o en otro lugar. Y en cualquiera de estos lugares yo será responsable de lo que suceda.
Si decido parir en un hospital, sigo siendo tan responsable como si decido parir en mi casa. Si me he informado y preparado para este momento como si voy a ciegas, la responsabilidad será mía. Como responsable que soy, debería estar informada de lo que sucede o pedir información a quien me atiende si no me la ofrece antes.
En las salas de estar de los profesionales de los hospitales, se oye muchas veces hablar de responsabilidad, de que el último responsable es el médico, de que las matronas quieren tener más responsabilidad… Cuando las responsables al 100% son las mujeres, cada una de su cuerpo y de lo que en él sucede.
Si alguien comete una negligencia en su trabajo, por supuesto que debe responder por ello, pero eso no le quita responsabilidad al receptor de esa negligencia que será el que sufrirá las consecuencias siempre.
Incluso cuando se habla de parto en casa, erróneamente se suele argumentar que quienes optan por un parto en casa es porque quieren ser responsables de su parto, cuando todas las mujeres son igual de responsables paran donde paran.
Me sorprende sobremanera desde hace ya algunos años, la confusión que genera este término a la hora de definir quién es el responsable de un parto ya que, tanto desde el punto de vista de profesionales de la maternidad como de las propias mujeres, hay una gran confusión sobre el tema. Según el diccionario de Manuel Seco, responsable es aquella persona que asume una responsabilidad siendo ésta la obligación legal de aceptar las consecuencias de una acción propia o ajena.
Lo que sucede en nuestro cuerpo es responsabilidad de cada individuo ya que seremos nosotros los que aceptaremos las consecuencias de sus cambios, modificaciones, operaciones…
Todas las operaciones quirúrgicas que se realicen en nuestro cuerpo son optativas y nosotros debemos decidir si queremos pasar por ellas o no. Sólo en el caso de que estemos inconscientes y sea necesaria una operación para salvar nuestra vida, los profesionales de la salud decidirán por nosotros si no hay un familiar cerca, dando por hecho que si estuviésemos conscientes consentiríamos someternos al proceso.
Una persona es responsable de lo que sucede en su cuerpo: Es responsable de cuidarlo, limpiarlo, modificarlo, acicalarlo, operarlo… Si yo decido hacerme un tatuaje, soy responsable de ello aunque el tatuaje me lo realice otra persona. Cabe la posibilidad de que si no le he explicado bien al tatuador lo que quiero, termine con un tatuaje que no era lo que yo quería exactamente ya sea por el color, la orientación, el tamaño, la habilidad del profesional… Como responsable de mi cuerpo, seré yo quien sufra las consecuencias.
Si algo sucede en mi cuerpo, optaré por buscar ayuda o no, buscar alternativas o segundas opiniones si así lo considero oportuno, o buscar distintas terapias que puedan solucionar lo que me sucede.
En un parto, sucede exactamente lo mismo. Yo decido si quiero o no quiero ayuda profesional, si quiero parir en un hospital, en mi casa o en otro lugar. Y en cualquiera de estos lugares yo será responsable de lo que suceda.
Si decido parir en un hospital, sigo siendo tan responsable como si decido parir en mi casa. Si me he informado y preparado para este momento como si voy a ciegas, la responsabilidad será mía. Como responsable que soy, debería estar informada de lo que sucede o pedir información a quien me atiende si no me la ofrece antes.
En las salas de estar de los profesionales de los hospitales, se oye muchas veces hablar de responsabilidad, de que el último responsable es el médico, de que las matronas quieren tener más responsabilidad… Cuando las responsables al 100% son las mujeres, cada una de su cuerpo y de lo que en él sucede.
Si alguien comete una negligencia en su trabajo, por supuesto que debe responder por ello, pero eso no le quita responsabilidad al receptor de esa negligencia que será el que sufrirá las consecuencias siempre.
Incluso cuando se habla de parto en casa, erróneamente se suele argumentar que quienes optan por un parto en casa es porque quieren ser responsables de su parto, cuando todas las mujeres son igual de responsables paran donde paran.
Interesante visión de las enfermedades de los niños
Cada día respiro y vibro más con este tipo de visión... en mis carnes y en las de mis hijos ya lo estamos viviendo. Hace aaaañooos que en casa no entra un antibiótico, ni un analgésico, ni un antitérmico.
Siento que cada vez es más fácil para nuestro cuerpo recuperarse porque ya tiene la memoria de como se hace, ya no taponamos y espero que esto duuure mucho porque no siempre fue así.
Aquí os dejo la explicación de este doctor.
Dr. Karmelo Bizkarra,
Director Médico del Centro de Salud Vital Zuhaizpe
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CUIDAR PARA CURAR, A LOS NIÑOS
Cuando nace, el niño es un ser vulnerable y totalmente dependiente de los cuidados de losdemás. A diferencia de muchos animales, especialmente los mamíferos, que nada más nacer se ponen de pie, pueden correr, separarse de la madre y explorar el mundo, el niño no llega a hacer lo mismo hasta que cumple el año. De ahí que al primer año se le conozca como una época de embarazo extrauterino. Doce meses le cuesta al niño ponerse de pie y conquistar el espacio de la manera que lo hacen ciertos animales en el momento de nacer.
El niño al nacer no está, podríamos decir, completo. Necesita completarse poco a poco, y para ello precisa de los cuidados, la atención y los estímulos del exterior, especialmente de sus padres y cuidadores. El hecho de que los animales, al nacer, se encuentren completos, les impide el proceso hacia un nivel de completitud mayor. Por el contrario, el niño, como ser incompleto, tiene grandes capacidades latentes para irse completando, en lo físico y en lo psicoemocional. Abraham Maslow, en su conocida pirámide sobre las necesidades de la persona para desarrollarse como lo que es, un ser humano, dice que precisamos tener en
principio las necesidades básicas cubiertas (la comida, el agua, resguardo del frío, higiene personal…). Una vez cubierto lo más básico nos hace falta la seguridad, luego la aceptación y el afecto, en cuarto lugar respeto y conocimiento, y finalmente el ser humano que tiene cubiertos todos estos escalones puede llegar a la autorrealización.
Recién nacido el niño es un “cabezón”; en proporción a su cuerpo el tamaño de su cabeza es mucho mayor. Los órganos de los sentidos están despiertos y los ruidos fuertes y las luces potentes le agreden con facilidad. Cuatro de los cinco clásicos órganos de los sentidos se encuentran en la cabeza: la vista, el oído, el olfato y el gusto. Al principio la energía se encuentra especialmente centrada en la cabeza. Poco a poco, dicha energía va descendiendo, llega al cuello en unas cuantas semanas y el niño puede mantener la cabeza erguida sin que se le caiga. Unas cuantas semanas más y la energía desciende a los brazos y manos, y el
niño no sólo mueve sus manos, sino las mueve conscientemente cogiendo, soltando y moviendo las cosas que se encuentran a su alcance, las dirige hacia donde quiere.
Finalmente, alrededor del año, cuando la energía ha descendido hacia las piernas y los pies, el niño pequeño siente el impulso de ponerse de pie y después de muchos intentos y un gran esfuerzo de voluntad, consigue erguirse en la vertical.
El niño pequeño, como decía Rudolf Steiner, durante los tres primeros años de su vida realiza tres de sus grandes conquistas. Primero, alrededor del primer año se afirma en la vertical, se pone de pie, al segundo año conquista la capacidad de hablar y comunicarse a través de la palabra. Finalmente, hacia el tercer año consigue las capacidades básicas del pensar.
Para que estos procesos se lleven a cabo en las mejores condiciones posibles, es necesario que el niño pequeño se sienta cuidado, protegido, querido y reconocido. Sólo este niño puede abrirse, con toda la confianza, al mundo.
El niño también necesita la atención y el amor como alimentos. Los niños abandonados de afectos y atenciones, aunque se les de de comer, mueren de inanición afectiva. Muchos niños tienen enfermedades graves que manifiestan una desatención más o menos premeditada.
La palabra curar viene del latín curare. Que significa cuidar, y si queremos curar a los niños es imprescindible que aprendamos a cuidarlos. También es cierto que para cuidar a los demás, es importante saber cuidarnos. Cuidarnos para curarnos.
En el proceso de cuidar a los niños despertamos en su interior sus grandes capacidades curativas. La curación no viene de fuera, es más bien consecuencia de comprender, respetar y apoyar las fuerzas autocurativas que porta el niño. Y en esa curación el niño pasa momentos de crisis, pero los momentos de crisis son momentos de reajuste y cambio. El cuerpo del niño se encuentra en continua remodelación y cualquier cambio requiere no sólo la construcción de nuevos tejidos sino la eliminación de los viejos. Cada crisis intenta llevar al niño a un nuevo equilibrio, ayudándole a subir un nuevo escalón en su desarrollo.
Las crisis son momentos de inestabilidad, pero al mismo tiempo surge la posibilidad de un punto nuevo de equilibrio de una verdadera transformación. En el idioma chino, la palabra crisis se escribe con dos ideogramas; un ideograma significa peligro y el otro significa oportunidad. En la crisis se enciende una pequeña alarma que nos señala la necesidad de ir con cuidado. Pero en toda crisis, física, emocional o en las relaciones humanas, podemos descubrir la capacidad de sensibilizarnos y crecer internamente.
Las crisis que conocemos como enfermedades infantiles son con frecuencia una consecuencia natural del crecimiento y del cambio. El niño a través de la enfermedad puede reformar los desajustes del cuerpo y “reconstruir” las zonas alteradas.
Las llamadas enfermedades agudas de los niños, en su amplia mayoría, son verdaderas crisis de desintoxicación. Los mocos, las flemas, las diarreas, los vómitos, la tos,…son síntomas que indican el esfuerzo del cuerpo por desembarazarse de las sustancias de desecho y tóxicas almacenadas en el cuerpo a lo largo de los últimos meses y años.
El niño que nace ha heredado su cuerpo físico del padre y de la madre. Los genes de la madre y el padre influyen en la constitución física del niño. Cuando nace el niño no se “encuentra” integrado todavía en su cuerpo, no es capaz de dirigirlo conscientemente. La casi totalidad de procesos se llevan a cabo desde la inconsciencia, o al menos desde un estado similar al sueño. Poco a poco, la consciencia, el yo más interno del niño pequeño va entrando en él.
Mientras su propia consciencia o yo va cogiendo el mando de su organismo físico, como decía Steiner, poco a poco va desechando el material heredado de sus padres para construir su propio material orgánico. Esta puesta a punto y eliminación de material extraño se puede llevar lentamente, o puede surgir de forma brusca como una enfermedad infantil. En la enfermedad infantil el cuerpo del niño va eliminando las sustancias heredadas de sus padres al mismo tiempo que elimina sustancias de desecho y tóxicas almacenadas y que le
perjudican cada vez más.
El último de los tejidos a ser renovados, es el tejido más duro, el que se encuentra más alejado de la circulación de la sangre, el más parecido a un cristal, a lo mineral, y no a lo vivo, es el tejido de los dientes del niño. La caída de los dientes de leche indica que acaba el proceso para librarse del material heredado de los padres y la aparición de la dentición definitiva indica que el proceso de individualizar los tejidos y órganos del cuerpo ha llegado a la máxima expresión. El niño toma plena posesión de su organismo.
La mayoría de las enfermedades infantiles, especialmente las agudas, nos hablan de procesos de eliminación y curación. Si nos fijamos bien en un catarro o una gripe, la eliminación de moco, flemas, orina oscura, mal aliento, sudor,…nos habla de un intento depurativo del organismo. Los síntomas de las llamadas enfermedades infantiles, que yo preferiría llamar crisis de desintoxicación, indican un intento de curación por parte del organismo. Un niño pequeño tiene mucha fiebre, mucha tos, vómitos, diarreas,…etc. pero en
pocos días se cura. Su cuerpo responde con mucha energía en un intento de recuperar y hacer una puesta a punto interior. Una persona mayor tiene muy reducidas las capacidades de respuesta del organismo, los síntomas son más leves y al mismo tiempo se vuelven crónicos. En los niños predominan las enfermedades inflamatorias y agudas, por el contrario en el adulto predominan las enfermedades degenerativas y crónicas.
El cuerpo del niño es como un río de aguas cristalinas. Si añadimos una gota de tinta en el cauce de un río de aguas transparentes, al momento nos daremos cuenta de la “contaminación”. Por el contrario, una persona enferma es como un río sucio y contaminado.
Aunque añadamos toda clase de sustancias contaminantes no lo notaremos. Muchas veces he oído a una persona recién diagnosticada de cáncer, infarto, trombosis,… “yo siempre he estado bien, hasta ahora”. Con frecuencia confundimos el estado de salud con no sentir síntomas, sin darnos cuenta que mucha gente con enfermedades graves han perdido la sensibilidad del organismo ante la enfermedad que se está gestando en su interior, y además les falta la capacidad de respuesta del organismo ante la intoxicación y desequilibrio
crónicos.
El hecho de que muchas enfermedades infantiles sean procesos de autocuración explica la reacción del organismo del niño que pega un “tirón” después de un catarro, gripe, varicela, sarampión,…El cuerpo del niño elimina sustancia tóxicas, suelta lastre, y tras la limpieza se regenera y crece. Tras una crisis física infantil es frecuente que el niño crezca en altura, cambie la fisonomía de la cara e incluso tenga cambios emocionales y transformaciones profundas en la forma de estar en el mundo y de relacionarse con los demás. El cuerpo del niño se encuentra en continua remodelación y cualquier cambio requiere no sólo la construcción de nuevos tejidos sino la demolición de los antiguos. Y la demolición de estos viejos y enfermos tejidos es uno de los primeros objetivos de toda enfermedad. Este proceso provoca la aparición de síntomas más o menos desagradables.
En cualquier epidemia infantil por muy grande que sea, siempre hay niños que no se ven afectados por la enfermedad que se extiende. El estudio de los factores de salud que dichos niños ponen en juego y que les permite no enfermar, y la aplicación de estos factores y hábitos saludables a los niños enfermos podía ser una buena manera de prevenir e incluso curar las enfermedades infantiles.
También ocurre a veces que el niño con sus propios síntomas de enfermedad no está manifestando su malestar sino el desequilibrio del medio familiar en el que vive. Muchos niños sensibles reflejan con sus síntomas el malestar de sus padres o los problemas de relación entre ellos. El niño pequeño es una esponja que recoge y manifiesta desequilibrios de las personas más allegadas. El niño pequeño vive todas las tristezas y todas las alegrías de su alrededor y reacciona de acuerdo a ellas. En terapia familiar se sabe que la
enfermedad grave de un niño con cierta frecuencia manifiesta los problemas de sus padres.
El niño toma parte de un sistema y con frecuencia manifiesta la enfermedad de dicho sistema.
El niño que va por primera vez a la escuela y enferma no es que “coja” un virus que se encuentra “volando” por el aire, sino que puede manifestar corporalmente la sensación de ser “abandonado” por su madre en un lugar que no es su casa, teniendo que enfrentarse con todos sus miedos e inseguridades a un medio desconocido, ante un adulto que no puede sustituir a sus padres y unos niños que pueden competir con él a la hora de conseguir un espacio propio. Cuando más pequeño es el niño más sufrirá corporalmente el malestar que siente. El niño mayor cuenta con un filtro mental que le ayuda a defenderse del mundo que a
veces es hostil, pero el niño pequeño que no cuenta con las defensas psíquicas vive en su cuerpo el desarreglo propio o la inestabilidad de los que le rodean.
De la misma manera, el niño necesita un modelo exterior para desarrollarse. El primer modelo es la madre, luego el padre, los hermanos mayores, y los maestros de escuela.
Desgraciadamente es frecuente la figura del “padre ausente” o incluso la actitud, no mejor, de “presencia ausente”. Un niño con frecuencia sufre más por la indiferencia que por los malos tratos. Hay niños con problemas de relación que provocan a los mayores, porque de esta manera, aunque les castiguen más o menos duramente, se sienten atendidos. Me recuerda al mayor de los castigos que puede sufrir un ser humano, castigo verdaderamente utilizado por diversas tribus o grupos étnicos, en los que el “proscrito” no es saludado, reconocido, ni visto, por los demás integrantes del grupo. Esa anulación por sus hasta
entonces convecinos, le puede llevar hasta la muerte.
Cuando un niño vive aislado enferma. Y la enfermedad se puede convertir en algo crónico cuando se da cuenta que las personas de su alrededor le hacen más caso y le miman cuando está enfermo. Esta es una ganancia secundaria clara que la enfermedad aporta al enfermo, la posibilidad de ser compadecido, acompañado, ayudado, cuando no lo era antes de la enfermedad. Esta ganancia secundaria, más aún cuando la enfermedad infantil posibilita que el niño no tenga que ir a la escuela ni enfrentarse de alguna manera con los demás niños o mayores, hace que muchas enfermedades se prolonguen peligrosamente en el tiempo.
Desgraciadamente la atención humana de los enfermos, niños o adultos está en decadencia.
La medicina que antiguamente era un arte, el arte de la medicina, pasó luego a ser una ciencia, más o menos cierta. Durante los últimos años va camino de comportarse como una tecnología, en la que lo importante es el diagnóstico sofisticado por unos aparatos más o menos caros, y donde falla la atención humana del enfermo. La palabra hospital indica la necesidad de cuidados, de hospitalidad que necesita el huésped internado en ese lugar. Pero el hospital con frecuencia no es un lugar hospitalario, comenzando por sus formas cuadradas y asépticas de construcción, “plantado” en zonas muy ruidosas y contaminadas.
Es indispensable que los médicos, las enfermeras y las auxiliares de clínica cuenten con más tiempo para la atención humana del niño enfermo. Cualquier persona, más aún un niño, se hace más sensible y más dependiente ante la enfermedad; necesita más atención desde el corazón. De nada sirve la tecnología o “aparatología” actual si estamos perdiendo en humanidad a la hora de atender al niño enfermo.
Esa atención también tiene que surgir en la propia escuela, en la que se necesita más que nunca una atención al sentimiento, una educación emocional. Una educación global del ser humano buscando esa completitud que le falta a la persona enferma, tenga o no tenga síntomas. Hay muchas personas que son competitivas, egoístas, mentirosas,…y que aún sin tener síntomas de enfermedad se encuentran gravemente enfermas. ¿Un padre con una bronquitis está más o menos enfermo que un manipulador y dictador? Hay enfermedades del
alma que no se expresan por síntomas físicos. Tampoco existe hoy en día ningún aparato que mida el dolor interno, el dolor del alma humana. Alma, en el sentido de la palabra latina anima, de aquello que verdaderamente anima la vida humana.
Cada crisis es un intento o búsqueda de un nuevo equilibrio. Y esas crisis a las que conocemos como enfermedades infantiles, con frecuencia están expresando cosas que el niño pequeño ni puede ni sabe expresar. Los niños y los adultos expresamos con la enfermedad cosas que no llegamos a expresar con nuestra palabra, nuestro comportamiento ni nuestras relaciones. Las emociones que sentimos nos ponen en movimiento, nos impulsan a expresarlas. Cuando la mente racional controla o reprime una emoción que intenta ser expresada en el cuerpo ocurren ciertos cambios: se bloquean o tensan los músculos, la respiración se vuelve menos profunda y más agitada, disminuye la soltura en el movimiento
corporal…Estos cambios a corto o largo plazo pueden provocar una enfermedad. Cuando popularmente decimos que alguien “se coge las cosas a pecho”, “no nos deja respirar”, “me remueve las tripas”, “me pone el corazón a cien”, o “tengo un nudo en el estómago”, estamos indicando que la emoción cambia el cuerpo, y que lo que no expreso se queda “congelado” en el cuerpo a la espera de ser expresado. Wilhelm Reich decía que la memoria de lo vivido está en la mente, pero la memoria de lo sentido, cuando lo vivimos con
frecuencia, permanece en el cuerpo. Y esas emociones congeladas en el cuerpo necesitan calorcito humano para ser descongeladas.
El niño pequeño para desarrollarse necesita sentir al mundo como bueno. La confianza en los padres es vital para los niños pequeños pues él vive y aprende desde la imitación. Y tanto el niño pequeño como el escolar necesitan mantener un ritmo de vida saludable. La pérdida de este ritmo se traduce como enfermedad, y la propia enfermedad, en los síntomas en que se expresa, manifiesta frecuentemente la pérdida de ritmo. Si se pierde el ritmo respiratorio hablaríamos del asma por ejemplo; si se acelera el tránsito intestinal diríamos que es una diarrea, si se ralentiza el tránsito aparecería el estreñimiento. Otras veces, aumenta o disminuye la cantidad de orina eliminada por los riñones, o cuando hay una crisis infantil aumentan los latidos del corazón o se eleva la temperatura corporal y aparece la fiebre. La enfermedad, como vemos, se manifiesta con frecuencia en la pérdida del ritmo interno.
En las enfermedades infantiles muchas veces desaparecen las ganas de comer. Si la crisis infantil se acompaña de fiebre, normalmente el niño no tiene ganas de comer. Es momento de eliminar y no de ingerir, de desintoxicar en vez de nutrir. Cuando el niño está enfermo y no tiene ganas de comer deberíamos respetar su instinto y no darle apenas de comer.
Solamente le mantenemos con zumos de frutas, caldos, agua. De esta manera evitamos la deshidratación y favorecemos que el cuerpo ponga en marcha la eliminación de sustancias
de desecho y tóxicas que son causa importante de la mayoría de las enfermedades. Agua (zumos de frutas o caldos de verdura) y cama son los mejores remedios ante cualquier crisis de desintoxicación o enfermedad infantil.
Cuando comemos en exceso nos sube la temperatura corporal, y no tenemos más que recordar nuestra última comilona. Con frecuencia nos vamos quitando una prenda de ropa a cada plato nuevo que aparece en la mesa. Si obligamos a comer al niño en una crisis en la que se encuentra inapetente, aumentaremos la temperatura corporal y alargaremos la duración de la enfermedad. Durante la crisis infantil es necesario eliminar y limpiar, no es momento para introducir alimentos pues la falta de hambre está indicando que el aparato digestivo no se encuentra en buena disposición para digerir y asimilar la comida. En este momento es como si el cuerpo del niño, guiado por el instinto de supervivencia y en un intento de eliminar tóxicos, renovar tejidos y curar órganos, pusiera el cartel de “cerrado por reparaciones”. Si a un niño con fiebre le damos de comer, estamos “echando leña al fuego”, y pronto le subirá la temperatura.
Es necesario saber respetar más el instinto del organismo del niño, poniendo en marcha todas sus capacidades de autocuración. El buen médico no es el que elimina los síntomas de la enfermedad sino el que ayuda al enfermo a ponerse en contacto con las fuerzas autocurativas que duermen en el interior de la persona enferma.
Cuando frenamos una y otra vez todas las crisis infantiles que intentan curar su cuerpo, digo bien, curar su cuerpo, evitamos la desintoxicación y las reparaciones de todos los “desperfectos” ocasionados. Impedimos que el organismo guiado por su propio instinto utilice todas sus grandes potencialidades de autorregulación y autocuración. Cuando evitamos que el cuerpo del niño desherede el material heredado de los padres, impedimos que este material sea expulsado quedando como un elemento extraño. El cuerpo del niño
reconocerá estos tejidos como extraños e intentará eliminarlos, a veces de forma brusca y no controlada. Este proceso se encuentra en la aparición de las enfermedades alérgicas, asma y enfermedades autoinmunes, cada día más y más frecuentes. El sistema inmunitario, es correcto decir así, es el que distingue lo que yo soy de lo que es extraño para mí, y reaccionará frente al propio organismo y sus elementos extraños de forma más o menos violenta.
El uso indiscriminado de vacunas y antibióticos está impidiendo la enfermedad aguda, pero favoreciendo de este modo la enfermedad crónica. Además impide que el sistema inmunitario se encuentre sano y “entrenado” porque impide su puesta en funcionamiento ante cualquier supuesta agresión externa.
La asistencia médica convencional se ha centrado tanto en la lucha contra la enfermedad, que se ha olvidado de la salud y los medios o factores de salud que podemos aplicar para recuperar la salud. Es necesario favorecer o promover la salud o el proceso curativo; despertar el impulso curativo. Se hace urgente una verdadera cultura y cultivo de la Salud.
Es necesario un sistema sanitario que de prioridad a una Educación para la salud, desde la familia, la escuela y la sociedad. Tenemos que poner los medios adecuados para cuidar a los niños, porque cuidar es curar.
Siento que cada vez es más fácil para nuestro cuerpo recuperarse porque ya tiene la memoria de como se hace, ya no taponamos y espero que esto duuure mucho porque no siempre fue así.
Aquí os dejo la explicación de este doctor.
Dr. Karmelo Bizkarra,
Director Médico del Centro de Salud Vital Zuhaizpe
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CUIDAR PARA CURAR, A LOS NIÑOS
Cuando nace, el niño es un ser vulnerable y totalmente dependiente de los cuidados de losdemás. A diferencia de muchos animales, especialmente los mamíferos, que nada más nacer se ponen de pie, pueden correr, separarse de la madre y explorar el mundo, el niño no llega a hacer lo mismo hasta que cumple el año. De ahí que al primer año se le conozca como una época de embarazo extrauterino. Doce meses le cuesta al niño ponerse de pie y conquistar el espacio de la manera que lo hacen ciertos animales en el momento de nacer.
El niño al nacer no está, podríamos decir, completo. Necesita completarse poco a poco, y para ello precisa de los cuidados, la atención y los estímulos del exterior, especialmente de sus padres y cuidadores. El hecho de que los animales, al nacer, se encuentren completos, les impide el proceso hacia un nivel de completitud mayor. Por el contrario, el niño, como ser incompleto, tiene grandes capacidades latentes para irse completando, en lo físico y en lo psicoemocional. Abraham Maslow, en su conocida pirámide sobre las necesidades de la persona para desarrollarse como lo que es, un ser humano, dice que precisamos tener en
principio las necesidades básicas cubiertas (la comida, el agua, resguardo del frío, higiene personal…). Una vez cubierto lo más básico nos hace falta la seguridad, luego la aceptación y el afecto, en cuarto lugar respeto y conocimiento, y finalmente el ser humano que tiene cubiertos todos estos escalones puede llegar a la autorrealización.
Recién nacido el niño es un “cabezón”; en proporción a su cuerpo el tamaño de su cabeza es mucho mayor. Los órganos de los sentidos están despiertos y los ruidos fuertes y las luces potentes le agreden con facilidad. Cuatro de los cinco clásicos órganos de los sentidos se encuentran en la cabeza: la vista, el oído, el olfato y el gusto. Al principio la energía se encuentra especialmente centrada en la cabeza. Poco a poco, dicha energía va descendiendo, llega al cuello en unas cuantas semanas y el niño puede mantener la cabeza erguida sin que se le caiga. Unas cuantas semanas más y la energía desciende a los brazos y manos, y el
niño no sólo mueve sus manos, sino las mueve conscientemente cogiendo, soltando y moviendo las cosas que se encuentran a su alcance, las dirige hacia donde quiere.
Finalmente, alrededor del año, cuando la energía ha descendido hacia las piernas y los pies, el niño pequeño siente el impulso de ponerse de pie y después de muchos intentos y un gran esfuerzo de voluntad, consigue erguirse en la vertical.
El niño pequeño, como decía Rudolf Steiner, durante los tres primeros años de su vida realiza tres de sus grandes conquistas. Primero, alrededor del primer año se afirma en la vertical, se pone de pie, al segundo año conquista la capacidad de hablar y comunicarse a través de la palabra. Finalmente, hacia el tercer año consigue las capacidades básicas del pensar.
Para que estos procesos se lleven a cabo en las mejores condiciones posibles, es necesario que el niño pequeño se sienta cuidado, protegido, querido y reconocido. Sólo este niño puede abrirse, con toda la confianza, al mundo.
El niño también necesita la atención y el amor como alimentos. Los niños abandonados de afectos y atenciones, aunque se les de de comer, mueren de inanición afectiva. Muchos niños tienen enfermedades graves que manifiestan una desatención más o menos premeditada.
La palabra curar viene del latín curare. Que significa cuidar, y si queremos curar a los niños es imprescindible que aprendamos a cuidarlos. También es cierto que para cuidar a los demás, es importante saber cuidarnos. Cuidarnos para curarnos.
En el proceso de cuidar a los niños despertamos en su interior sus grandes capacidades curativas. La curación no viene de fuera, es más bien consecuencia de comprender, respetar y apoyar las fuerzas autocurativas que porta el niño. Y en esa curación el niño pasa momentos de crisis, pero los momentos de crisis son momentos de reajuste y cambio. El cuerpo del niño se encuentra en continua remodelación y cualquier cambio requiere no sólo la construcción de nuevos tejidos sino la eliminación de los viejos. Cada crisis intenta llevar al niño a un nuevo equilibrio, ayudándole a subir un nuevo escalón en su desarrollo.
Las crisis son momentos de inestabilidad, pero al mismo tiempo surge la posibilidad de un punto nuevo de equilibrio de una verdadera transformación. En el idioma chino, la palabra crisis se escribe con dos ideogramas; un ideograma significa peligro y el otro significa oportunidad. En la crisis se enciende una pequeña alarma que nos señala la necesidad de ir con cuidado. Pero en toda crisis, física, emocional o en las relaciones humanas, podemos descubrir la capacidad de sensibilizarnos y crecer internamente.
Las crisis que conocemos como enfermedades infantiles son con frecuencia una consecuencia natural del crecimiento y del cambio. El niño a través de la enfermedad puede reformar los desajustes del cuerpo y “reconstruir” las zonas alteradas.
Las llamadas enfermedades agudas de los niños, en su amplia mayoría, son verdaderas crisis de desintoxicación. Los mocos, las flemas, las diarreas, los vómitos, la tos,…son síntomas que indican el esfuerzo del cuerpo por desembarazarse de las sustancias de desecho y tóxicas almacenadas en el cuerpo a lo largo de los últimos meses y años.
El niño que nace ha heredado su cuerpo físico del padre y de la madre. Los genes de la madre y el padre influyen en la constitución física del niño. Cuando nace el niño no se “encuentra” integrado todavía en su cuerpo, no es capaz de dirigirlo conscientemente. La casi totalidad de procesos se llevan a cabo desde la inconsciencia, o al menos desde un estado similar al sueño. Poco a poco, la consciencia, el yo más interno del niño pequeño va entrando en él.
Mientras su propia consciencia o yo va cogiendo el mando de su organismo físico, como decía Steiner, poco a poco va desechando el material heredado de sus padres para construir su propio material orgánico. Esta puesta a punto y eliminación de material extraño se puede llevar lentamente, o puede surgir de forma brusca como una enfermedad infantil. En la enfermedad infantil el cuerpo del niño va eliminando las sustancias heredadas de sus padres al mismo tiempo que elimina sustancias de desecho y tóxicas almacenadas y que le
perjudican cada vez más.
El último de los tejidos a ser renovados, es el tejido más duro, el que se encuentra más alejado de la circulación de la sangre, el más parecido a un cristal, a lo mineral, y no a lo vivo, es el tejido de los dientes del niño. La caída de los dientes de leche indica que acaba el proceso para librarse del material heredado de los padres y la aparición de la dentición definitiva indica que el proceso de individualizar los tejidos y órganos del cuerpo ha llegado a la máxima expresión. El niño toma plena posesión de su organismo.
La mayoría de las enfermedades infantiles, especialmente las agudas, nos hablan de procesos de eliminación y curación. Si nos fijamos bien en un catarro o una gripe, la eliminación de moco, flemas, orina oscura, mal aliento, sudor,…nos habla de un intento depurativo del organismo. Los síntomas de las llamadas enfermedades infantiles, que yo preferiría llamar crisis de desintoxicación, indican un intento de curación por parte del organismo. Un niño pequeño tiene mucha fiebre, mucha tos, vómitos, diarreas,…etc. pero en
pocos días se cura. Su cuerpo responde con mucha energía en un intento de recuperar y hacer una puesta a punto interior. Una persona mayor tiene muy reducidas las capacidades de respuesta del organismo, los síntomas son más leves y al mismo tiempo se vuelven crónicos. En los niños predominan las enfermedades inflamatorias y agudas, por el contrario en el adulto predominan las enfermedades degenerativas y crónicas.
El cuerpo del niño es como un río de aguas cristalinas. Si añadimos una gota de tinta en el cauce de un río de aguas transparentes, al momento nos daremos cuenta de la “contaminación”. Por el contrario, una persona enferma es como un río sucio y contaminado.
Aunque añadamos toda clase de sustancias contaminantes no lo notaremos. Muchas veces he oído a una persona recién diagnosticada de cáncer, infarto, trombosis,… “yo siempre he estado bien, hasta ahora”. Con frecuencia confundimos el estado de salud con no sentir síntomas, sin darnos cuenta que mucha gente con enfermedades graves han perdido la sensibilidad del organismo ante la enfermedad que se está gestando en su interior, y además les falta la capacidad de respuesta del organismo ante la intoxicación y desequilibrio
crónicos.
El hecho de que muchas enfermedades infantiles sean procesos de autocuración explica la reacción del organismo del niño que pega un “tirón” después de un catarro, gripe, varicela, sarampión,…El cuerpo del niño elimina sustancia tóxicas, suelta lastre, y tras la limpieza se regenera y crece. Tras una crisis física infantil es frecuente que el niño crezca en altura, cambie la fisonomía de la cara e incluso tenga cambios emocionales y transformaciones profundas en la forma de estar en el mundo y de relacionarse con los demás. El cuerpo del niño se encuentra en continua remodelación y cualquier cambio requiere no sólo la construcción de nuevos tejidos sino la demolición de los antiguos. Y la demolición de estos viejos y enfermos tejidos es uno de los primeros objetivos de toda enfermedad. Este proceso provoca la aparición de síntomas más o menos desagradables.
En cualquier epidemia infantil por muy grande que sea, siempre hay niños que no se ven afectados por la enfermedad que se extiende. El estudio de los factores de salud que dichos niños ponen en juego y que les permite no enfermar, y la aplicación de estos factores y hábitos saludables a los niños enfermos podía ser una buena manera de prevenir e incluso curar las enfermedades infantiles.
También ocurre a veces que el niño con sus propios síntomas de enfermedad no está manifestando su malestar sino el desequilibrio del medio familiar en el que vive. Muchos niños sensibles reflejan con sus síntomas el malestar de sus padres o los problemas de relación entre ellos. El niño pequeño es una esponja que recoge y manifiesta desequilibrios de las personas más allegadas. El niño pequeño vive todas las tristezas y todas las alegrías de su alrededor y reacciona de acuerdo a ellas. En terapia familiar se sabe que la
enfermedad grave de un niño con cierta frecuencia manifiesta los problemas de sus padres.
El niño toma parte de un sistema y con frecuencia manifiesta la enfermedad de dicho sistema.
El niño que va por primera vez a la escuela y enferma no es que “coja” un virus que se encuentra “volando” por el aire, sino que puede manifestar corporalmente la sensación de ser “abandonado” por su madre en un lugar que no es su casa, teniendo que enfrentarse con todos sus miedos e inseguridades a un medio desconocido, ante un adulto que no puede sustituir a sus padres y unos niños que pueden competir con él a la hora de conseguir un espacio propio. Cuando más pequeño es el niño más sufrirá corporalmente el malestar que siente. El niño mayor cuenta con un filtro mental que le ayuda a defenderse del mundo que a
veces es hostil, pero el niño pequeño que no cuenta con las defensas psíquicas vive en su cuerpo el desarreglo propio o la inestabilidad de los que le rodean.
De la misma manera, el niño necesita un modelo exterior para desarrollarse. El primer modelo es la madre, luego el padre, los hermanos mayores, y los maestros de escuela.
Desgraciadamente es frecuente la figura del “padre ausente” o incluso la actitud, no mejor, de “presencia ausente”. Un niño con frecuencia sufre más por la indiferencia que por los malos tratos. Hay niños con problemas de relación que provocan a los mayores, porque de esta manera, aunque les castiguen más o menos duramente, se sienten atendidos. Me recuerda al mayor de los castigos que puede sufrir un ser humano, castigo verdaderamente utilizado por diversas tribus o grupos étnicos, en los que el “proscrito” no es saludado, reconocido, ni visto, por los demás integrantes del grupo. Esa anulación por sus hasta
entonces convecinos, le puede llevar hasta la muerte.
Cuando un niño vive aislado enferma. Y la enfermedad se puede convertir en algo crónico cuando se da cuenta que las personas de su alrededor le hacen más caso y le miman cuando está enfermo. Esta es una ganancia secundaria clara que la enfermedad aporta al enfermo, la posibilidad de ser compadecido, acompañado, ayudado, cuando no lo era antes de la enfermedad. Esta ganancia secundaria, más aún cuando la enfermedad infantil posibilita que el niño no tenga que ir a la escuela ni enfrentarse de alguna manera con los demás niños o mayores, hace que muchas enfermedades se prolonguen peligrosamente en el tiempo.
Desgraciadamente la atención humana de los enfermos, niños o adultos está en decadencia.
La medicina que antiguamente era un arte, el arte de la medicina, pasó luego a ser una ciencia, más o menos cierta. Durante los últimos años va camino de comportarse como una tecnología, en la que lo importante es el diagnóstico sofisticado por unos aparatos más o menos caros, y donde falla la atención humana del enfermo. La palabra hospital indica la necesidad de cuidados, de hospitalidad que necesita el huésped internado en ese lugar. Pero el hospital con frecuencia no es un lugar hospitalario, comenzando por sus formas cuadradas y asépticas de construcción, “plantado” en zonas muy ruidosas y contaminadas.
Es indispensable que los médicos, las enfermeras y las auxiliares de clínica cuenten con más tiempo para la atención humana del niño enfermo. Cualquier persona, más aún un niño, se hace más sensible y más dependiente ante la enfermedad; necesita más atención desde el corazón. De nada sirve la tecnología o “aparatología” actual si estamos perdiendo en humanidad a la hora de atender al niño enfermo.
Esa atención también tiene que surgir en la propia escuela, en la que se necesita más que nunca una atención al sentimiento, una educación emocional. Una educación global del ser humano buscando esa completitud que le falta a la persona enferma, tenga o no tenga síntomas. Hay muchas personas que son competitivas, egoístas, mentirosas,…y que aún sin tener síntomas de enfermedad se encuentran gravemente enfermas. ¿Un padre con una bronquitis está más o menos enfermo que un manipulador y dictador? Hay enfermedades del
alma que no se expresan por síntomas físicos. Tampoco existe hoy en día ningún aparato que mida el dolor interno, el dolor del alma humana. Alma, en el sentido de la palabra latina anima, de aquello que verdaderamente anima la vida humana.
Cada crisis es un intento o búsqueda de un nuevo equilibrio. Y esas crisis a las que conocemos como enfermedades infantiles, con frecuencia están expresando cosas que el niño pequeño ni puede ni sabe expresar. Los niños y los adultos expresamos con la enfermedad cosas que no llegamos a expresar con nuestra palabra, nuestro comportamiento ni nuestras relaciones. Las emociones que sentimos nos ponen en movimiento, nos impulsan a expresarlas. Cuando la mente racional controla o reprime una emoción que intenta ser expresada en el cuerpo ocurren ciertos cambios: se bloquean o tensan los músculos, la respiración se vuelve menos profunda y más agitada, disminuye la soltura en el movimiento
corporal…Estos cambios a corto o largo plazo pueden provocar una enfermedad. Cuando popularmente decimos que alguien “se coge las cosas a pecho”, “no nos deja respirar”, “me remueve las tripas”, “me pone el corazón a cien”, o “tengo un nudo en el estómago”, estamos indicando que la emoción cambia el cuerpo, y que lo que no expreso se queda “congelado” en el cuerpo a la espera de ser expresado. Wilhelm Reich decía que la memoria de lo vivido está en la mente, pero la memoria de lo sentido, cuando lo vivimos con
frecuencia, permanece en el cuerpo. Y esas emociones congeladas en el cuerpo necesitan calorcito humano para ser descongeladas.
El niño pequeño para desarrollarse necesita sentir al mundo como bueno. La confianza en los padres es vital para los niños pequeños pues él vive y aprende desde la imitación. Y tanto el niño pequeño como el escolar necesitan mantener un ritmo de vida saludable. La pérdida de este ritmo se traduce como enfermedad, y la propia enfermedad, en los síntomas en que se expresa, manifiesta frecuentemente la pérdida de ritmo. Si se pierde el ritmo respiratorio hablaríamos del asma por ejemplo; si se acelera el tránsito intestinal diríamos que es una diarrea, si se ralentiza el tránsito aparecería el estreñimiento. Otras veces, aumenta o disminuye la cantidad de orina eliminada por los riñones, o cuando hay una crisis infantil aumentan los latidos del corazón o se eleva la temperatura corporal y aparece la fiebre. La enfermedad, como vemos, se manifiesta con frecuencia en la pérdida del ritmo interno.
En las enfermedades infantiles muchas veces desaparecen las ganas de comer. Si la crisis infantil se acompaña de fiebre, normalmente el niño no tiene ganas de comer. Es momento de eliminar y no de ingerir, de desintoxicar en vez de nutrir. Cuando el niño está enfermo y no tiene ganas de comer deberíamos respetar su instinto y no darle apenas de comer.
Solamente le mantenemos con zumos de frutas, caldos, agua. De esta manera evitamos la deshidratación y favorecemos que el cuerpo ponga en marcha la eliminación de sustancias
de desecho y tóxicas que son causa importante de la mayoría de las enfermedades. Agua (zumos de frutas o caldos de verdura) y cama son los mejores remedios ante cualquier crisis de desintoxicación o enfermedad infantil.
Cuando comemos en exceso nos sube la temperatura corporal, y no tenemos más que recordar nuestra última comilona. Con frecuencia nos vamos quitando una prenda de ropa a cada plato nuevo que aparece en la mesa. Si obligamos a comer al niño en una crisis en la que se encuentra inapetente, aumentaremos la temperatura corporal y alargaremos la duración de la enfermedad. Durante la crisis infantil es necesario eliminar y limpiar, no es momento para introducir alimentos pues la falta de hambre está indicando que el aparato digestivo no se encuentra en buena disposición para digerir y asimilar la comida. En este momento es como si el cuerpo del niño, guiado por el instinto de supervivencia y en un intento de eliminar tóxicos, renovar tejidos y curar órganos, pusiera el cartel de “cerrado por reparaciones”. Si a un niño con fiebre le damos de comer, estamos “echando leña al fuego”, y pronto le subirá la temperatura.
Es necesario saber respetar más el instinto del organismo del niño, poniendo en marcha todas sus capacidades de autocuración. El buen médico no es el que elimina los síntomas de la enfermedad sino el que ayuda al enfermo a ponerse en contacto con las fuerzas autocurativas que duermen en el interior de la persona enferma.
Cuando frenamos una y otra vez todas las crisis infantiles que intentan curar su cuerpo, digo bien, curar su cuerpo, evitamos la desintoxicación y las reparaciones de todos los “desperfectos” ocasionados. Impedimos que el organismo guiado por su propio instinto utilice todas sus grandes potencialidades de autorregulación y autocuración. Cuando evitamos que el cuerpo del niño desherede el material heredado de los padres, impedimos que este material sea expulsado quedando como un elemento extraño. El cuerpo del niño
reconocerá estos tejidos como extraños e intentará eliminarlos, a veces de forma brusca y no controlada. Este proceso se encuentra en la aparición de las enfermedades alérgicas, asma y enfermedades autoinmunes, cada día más y más frecuentes. El sistema inmunitario, es correcto decir así, es el que distingue lo que yo soy de lo que es extraño para mí, y reaccionará frente al propio organismo y sus elementos extraños de forma más o menos violenta.
El uso indiscriminado de vacunas y antibióticos está impidiendo la enfermedad aguda, pero favoreciendo de este modo la enfermedad crónica. Además impide que el sistema inmunitario se encuentre sano y “entrenado” porque impide su puesta en funcionamiento ante cualquier supuesta agresión externa.
La asistencia médica convencional se ha centrado tanto en la lucha contra la enfermedad, que se ha olvidado de la salud y los medios o factores de salud que podemos aplicar para recuperar la salud. Es necesario favorecer o promover la salud o el proceso curativo; despertar el impulso curativo. Se hace urgente una verdadera cultura y cultivo de la Salud.
Es necesario un sistema sanitario que de prioridad a una Educación para la salud, desde la familia, la escuela y la sociedad. Tenemos que poner los medios adecuados para cuidar a los niños, porque cuidar es curar.
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